Propósitos de año nuevo y comida para conejos

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Post publicado originalmente el 6-2-2014 en thinKsdone Solutions

Transcurre el año y algunos de nosotros seguimos sin cumplir los tradicionales propósitos de año nuevo. Aquellos que con tanta fe e ilusión nos marcamos. No sin cierto grado de frustración, seguimos apelando a nuestra capacidad de motivarnos, a nuestra constancia y a la perseverancia. Y a otras cosas por el estilo. Pero ¿hay algo más que nos ayude a conseguirlos? ¿Quieres saber cuál es una de las grandes sorpresas sobre el cambio? Dejadme que os explique una historia real. 

Un grupo de voluntarios se encuentran reunidos alrededor de una gran mesa. En el centro, unas enormes bandejas con deliciosas galletas acabadas de hornear les aguardan. Su aroma invade toda la habitación y consigue que a los presentes se les haga la boca agua. Sobre todo considerando que hace muchas horas que no han comido nada. Al lado de esas apetitosas galletas, con sus trocitos de chocolate aún fundidos, contrastan unas bandejas de tristes e insípidos rábanos. A la mitad del grupo allí congregado se les pide que coman un mínimo de dos o tres galletas. Al resto, que coman un mínimo de rábanos. Pero ojo, ni una sola galleta. Aunque nadie les impedirá que echen mano a alguna. 

Nos podemos imaginar la situación. Unos poniéndose las botas. El resto observando a sus compañeros relamiéndose, mientras ellos roen la aburrida comida para conejos. Con todo el respeto para aquellos que os gustan los rábanos, como es el caso de mi querida abuela. En un alarde de fuerza de voluntad, ninguno de ellos comió galleta alguna. ¡Prueba conseguida! Todo sea por la ciencia. 

A todo el grupo se les agradece su participación, y acto seguido un nuevo equipo de investigadores les reparten unos complicados ejercicios para un nuevo estudio. El fin es descubrir quién resuelve mejor los problemas. Los universitarios o bien los estudiantes de bachillerato. Lo que los participantes no saben es que los ejercicios no tienen solución. Los investigadores van midiendo quién dedica más tiempo e intentos a resolver los complicados problemas de geometría. ¿Sabéis qué grupo lo consigue? ¿Los de mayor formación tal vez? En esta investigación real, se descubrió que los que más tiempo y esfuerzo dedicaron fueron, con muchísima diferencia, todos aquellos que… comieron galletas.

Durante los últimos 15 años, diferentes estudios psicológicos de este tipo, apuntan a que nuestra capacidad de autocontrol, nuestra fuerza de voluntad, es limitada. Conforme hacemos uso de ella, la vamos agotando. También sabemos que agotamos ese autocontrol constantemente en una infinidad de situaciones muy comunes. Por ejemplo, cuándo debemos limitar fuertemente nuestros gastos, al enfrentarnos a alguno de nuestros miedos más profundos, viviendo novedades e incertidumbres en nuestro futuro, al tener/querer cambiar de trabajo o sobrellevando los problemas de pareja. También al tener que contar hasta 33 (si no es que hasta 3.333,33) para no saltar a la yugular de un jefe insoportable. Aprendiendo un nuevo idioma o cualquier otra materia. O simplemente cuando nos preocupamos por la impresión que causamos en los demás… y así, en infinitas situaciones. Cada día. Situaciones que no podemos cambiar rápidamente. Otras, que dependen de alguien más para transformarlas. Circunstancias que se dan indistintamente en todos los aspectos de nuestra vida.

¿Qué sugerimos? Antes de plantearnos o perseverar en algún cambio, hagamos una revisión de todos los ámbitos de nuestras vidas, en su conjunto. Tanto en el ámbito profesional, como en el personal. Y respondamos con franqueza: ¿cuánta comida para conejos debemos tragarnos en estos momentos? Y ¿cuántas galletas? ¿Estamos viviendo uno de aquellos momentos personales en los que estamos “en racha”, en que nos comemos el mundo? (¡y las galletas!). O más bien estamos viviendo una época en la que el refrán (que también repetía mi abuela, desconozco si después de comer algún rábano…) “al perro flaco todo se le vuelven pulgas”, parece que lo inventaron para nosotros 😦 

Puede sernos útil pensar en nuestro autocontrol y fuerza de voluntad, como si fuera el combustible necesario para cambiar hábitos e instaurar cambios. ¿Podemos detectar en qué situaciones estamos empleando nuestra gasolina? ¿Podemos aplazar o cambiar la situación? Cuanto menos combustible nos quede disponible en el depósito al cabo del día, menos probabilidades tendremos de éxito en los nuevos objetivos que nos hemos autoimpuesto. Sabiendo esto, decidamos ahora la cantidad, la intensidad y la prioridad de nuestros objetivos. Tal vez centrándonos en un solo cambio, tendremos más probabilidades de conseguirlo. 

Y sobre todo, seamos más amables con nosotros mismos. Si no conseguimos mantener nuestros propósitos, no nos maltratemos pensando que nos falta constancia, determinación, motivación o fuerza de voluntad. Muchas veces, de lo que se trata, no es más que de puro agotamiento. 

¿Te apetece una galleta?

 Xavi Rodríguez

Febrero 2014

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